
Mima es una niña…ella dice que ya casi es toda una mujer.
Cuerpo de niña, diga lo que diga Mima, sigue siendo una silueta delgada, sin esas curvas que delatan el inicio de la adolescencia, y con la adolescencia, las nuevas emociones. Mima sólo tiene doce años…y de pronto oigo un grito:
-Tengo casi trece, ¡los cumplo en seis meses!
Se me suelta una carcajada y Mima me ve con enojo pulverizador.
Y es que ella está con prisa por crecer porque ha experimentado los que todos, en algún momento de nuestra niñez hemos sentido.
El otro día un camión de mudanza llegó a nuestra colonia, y claro, no es de sabios adivinar…o alguien nos deja o alguien llega.
Mima moría de curiosidad por saber y se acomodó en la ventana para ver todo el acontecimiento.
De pronto, entre los muebles y cajas que bajaban, se asomó una cabeza invadida de un cabello negro que al girar dio a conocer unos ojos grises tristes, una nariz recta, perfecta y unos labios increíbles, todo hacía juego con el color de su piel trigueña. Era Lalo. El hijo menor de nuestros nuevos vecinos.
Mima lo vio y en su universo el tiempo se detuvo. El corazón le palpitó a una velocidad peligrosa. Sus mejillas, de repente, se colorearon de un tono grana y su boca dejo ir un ¡wow!
-Lalo volvió a ver pero Mima se había escondido antes de ser descubierta.
Inmediatamente se quitó de la ventana y desconcertada corrió a su habitación. De pronto se enfadó y se dijo:
-Sólo es un niño. Los niños son molestos, No sirven más que para jugar futbol y para molestarnos. ¡Son tan ruidosos!
Recordó el juramento que hizo junto a sus amigas: “Nunca un amigo varón. Jamás, jamás, jamás. Si una de nosotras quiebra este juramento se le tratará como traidora y sufrirá castigo”.
Es gracioso e ingenuo pues ninguna de ellas podía imaginar que sólo era cuestión de tiempo para que cada una cambiara su mirada hacia los niños.
Mima seguía dando vueltas en su cuarto, tirándose a la cama, levantándose de repente, dejándose caer otra vez…
-¿Qué haré? Ese niño no deja de rondar mi mente. Quiero hablarle. Pero no puede verme así…se fue a un espejo y se vio.
-Mírate Mima, que cabello más enmarañado, y esta ropa tan sucia, mírate los zapatos… ¡que vergüenza! ¿Cómo he podido andar por la vida con semejante imagen?
-Un momento…jamás me había importado andar sucia o despeinada. ¿Qué me está pasando? Es sólo el nuevo vecino. Es un niño…Pero ¿qué pasa? El corazón no me deja de latir.
Le había llegado la hora a Mima de cambiar su mirada. Sus ojitos antes traviesos e inocentes quedaron atrás. Desde ese día que Lalo apareció su mirada se transformo al igual que la rosa cuando le cae el rocío. ¿Y el juramento? ya solucionaría esa parte. Primero lo primero.