Cuando tengo problemas y mi cerebro se cansa de pensar posibles soluciones; me basta con salir a la calle para darme cuenta que lo que me pasa, no le pasa ni a la colonia donde vivo, ni siquiera a mi vecino; y mucho menos a la ciudad o al país.
El Sol brilla y sigue iluminando todo, sin importar lo que está pasando en mi vida. Los árboles continúan ahí, tranquilos albergando nidos, y el oxígeno sigue fluyendo para todos. Al sentir eso, primero me enojo y me pregunto ¿cómo es posible que los demás se rían y vayan por ahí tan a la ligera, si yo estoy tan mal?
Es absurdo, pero si me lo pregunto. Porque sinceramente a uno le pasan cosas que son tristes, feas, dolorosas, angustiantes; pero al salir a la calle, uno se vuelve otro más en el paisaje y nadie sabe, ni quiere saber, que es lo que nos pasa; porque sólo a nosotros nos importa y, entoces, siento un gran vacío y una angustiante soledad.
Cuando siento soledad me dan ganas de gritar, pero claro, me contengo, porque no me voy a exponer al ridículo; y , entonces, sigo caminando hasta que algo pasa conmigo y veo que la vida seguirá conmigo o sin mi, y es algo muy duro de tolerar, pero también es una verdad que puede servirme, porque mi problema, lo que me pasa, no es tan importante como para que los rayos del Sol se esfumen, o para que un árbol deje de dar sus frutos y cobije nidos, ni mucho menos para que el agua y el oxígeno dejen de ser. Y aunque no se si voy a solucionar mi vida, si se que más me vale avanzar...

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