La elección del nombre es un asunto delicado, como lo plantea la deliciosa comedia de Óscar Wilde: La Importancia de Llamarse Ernesto; o La Importancia de ser Formal, el divertido juego de palabras con el que Wilde celebra un casamiento entre el nombre y un determinado destino social, pues en inglés "Earnest" se pronuncia igual que el nombre, aunque la escritura sea diferente.
Jack es formal y hasta aburrido, pues no se espera un comportamiento fascinante de alguien que se llame así. En cambio, alguien nombrado Ernest, si que puede ser trivial, divertido y hasta mundano, es un nombre elegante. Ernest ha logrado ser aceptado y querido en las altas esferas sociales, aunque para todos es intrigante su procedencia, y esto es un punto y aparte para pertenecer del todo a su círculo. Así que cuando Jack desea formalizarse...él cree que debe ser con el nombre aburrido, con ese que tiene algo en que sustentarse, sin anticipar que su alias es más importante para la sociedad en la que quiere vivir. Pronto se enfrentará a la cruel burla de su truco: Llamarse Ernesto es su pasaporte a la felicidad.
Los nombres son nuestro emblema, y estoy segura que todos, en algún momento, nos hemos visto al espejo y nos hemos preguntado si estamos satisfechos con nuestro bautizo o con nuestras partidas de nacimiento. Nos preguntamos si los nombres que eligieron nuestros padres concuerdan con nuestra personalidad. De hecho, me atrevo y afirmo que todos tenemos un nombre ideal listo para usarlo, en caso de poder huir a cualquier lado y hacer un borrón y cuenta nueva con nuestras vidas.
Y no me digan que no es cierto, porque aunque no nos guste, los nombres están asociados a etnias, familias, estirpes, clases sociales, etc. y al portarlos, vamos transmitiendo el mensaje. Por ejemplo: hay familias que por tradición nombran a sus hijos varones, con el nombre del gran patriarca, y este ordenó que su primer nombre fuera pasando de generación en generación. Hasta que nace una niña, y se rompe el patrón...a menos que el nombre pueda adaptarse, entonces la felicidad retorna y se continúa con el peso de la tradición, porque portar el nombre de alguien de la familia es un honor y todos esperan que se haga algo digno y acorde al hecho de ser nombrado como tal.
Pero también sucede que a veces podemos estar llevando un nombre que no nos corresponde, y eso es como ponerse zapatos que no son de nuestra talla y obligarnos, con determinación, a usarlos, fingiendo estar a gusto. Lo que yo creo, le pasó exactamente a Jack, en "La Importancia de llamarse Ernesto" o "La Importancia de ser Formal".

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