Terminé de leer, por fin, "Por Quién doblan las Campanas" de Ernest Hemingway y me quedó la sensación de que Robert Jordan, al despedirse de "Conejito", supo que ellas doblan por él y por todos. O por lo menos se esforzó en que Mary lo creyera: al alejarla con autoridad indicándole que si "ella se iba (y no moría con él) vivirían los dos", claro, él en su recuerdo, ella al seguir forjando su propia historia.
Robert, al aceptar la misión sabía que tenía pocas oportunidades de vivir, de hecho no albergaba expectativas. Mary, en esos tres días, fue la clave para que su participación en el conflicto no fuera olvidada, pero sobre todo, fue un regalo que la vida le dio para que experimentara amar y permitirse, por un breve lapso, ser alguien capaz de desdoblarse del rol de combatiente, y ser simplemente un joven, de Montana, con derecho a soñar.
Su nombre y su legado, se fueron con ella, mientras que él se fundió con todos, fueran fascistas o republicanos, pues al final no importa, ya que todos iban entregando su vida por sus propios bandos, conscientes o inconscientes, de entender el proceso en el que estaban hundiendo a España, mientras el mundo cambiaba, como consecuencia de los mismos hechos.
Parece mentira que solo sean tres días los que se narren a lo largo de la novela, pero es así, pues las horas, minutos y segundos se vuelven eternos en tiempos de guerra. Ganar o perder, vivir o morir. El soldado, no vive planeando el futuro, vive cumpliendo en el eterno presente, la misión, y por eso, algunos, como Jordan, se entregan a cada experiencia, sin pensar más allá, sin rencores, sin preguntas desafiantes, sin cuestionamientos a Dios, o al destino. Más bien solo asimilan y agradecen.
Llegó, conoció gente extraordinaria, se enamoró, cumplió la misión y aunque no supo si valió la pena entregar su vida, si supo, que las campanas ese día doblaron por la humanidad.

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