No me centraré en el tema principal de la obra maestra de Nathaniel Hawthorne porque La letra Escarlata creo que tiene un mensaje en Perla, la hija fruto del adulterio.
Perla, la niña producto de los amores entre Hester y el Reverendo Dimmensdale, es desde su concepción un remolino, una tempestad fría, es capricho puro. Tanto, que Hester apenas puede entenderla y elige el camino de los mimos. La convierte en su princesa e intenta darle una explicación casi trascendental a su comportamiento difícil. Ella parece creer que la forma de ser de su hija es consecuencia del mismo pecado de adulterio, que su alma está infectada del drama y de la misma letra escarlata. Más no comprende que en sus manos tiene una mente brillante, que solo necesita ser tratada como tal. Pero, al contrario, Hester permite sus arrebatos, rebeldías, mal humor, frialdad, y se frustra intentando entender su forma de ser. Anhela que las circunstancias hubiesen sido diferentes. Soporta y espera que algo cambie a favor de ellas.
En el siglo XXI esta actitud es de lo más cómoda. Ya es inconcebible pretender vivir bajo culpas y vergüenzas. Continuar con el victimismo no ayuda a la educación y formación de un ser humano. Un hijo no quiere escucharnos ni vernos culpables de como los trajimos al mundo. Nuestros hijos no tienen que recordar como fueron concebidos. Ellos tienen que aprender a vivir desde el presente en adelante, y de nosotros deben recordar la seriedad con la que los criamos, tienen que recordar nuestra capacidad de respuesta ante los problemas y sobre todo, que no fuimos juguete de sus caprichos, pues cada vez que se alzaron en rebeldía, tuvieron que aprender una lección.
Lo que a nosotros debe ocuparnos es criar hijos fuertes de carácter, fuertes de espíritu, nobles, correctos, trabajadores, etc. Si el hijo se planeó o no, es lo de menos.

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